La adulancia, síntoma de la decadencia

Toby Valderrama y Antonio Aponte

A todos los gobernantes, a los llamados “jefes”, sean chiquitos o los más encumbrados, les amenaza el microbio de la adulancia. Inmediatamente de la conquista del cargo la peste aduladora los rodea. Del trato que el “jefe” dispense a los guindados dependerá el destino de la gestión. Los romanos designaban a un oficial con la función de recordar al César lo efímero de la gloria, sabían del daño de la adulancia infladora de egos.
El aumento de la adulancia es un síntoma patológico como la fiebre, cuando se eleva indica que la enfermedad se agrava, es señal de debilidad organizativa, pérdida de militantes, quebranto de la visión, delirio de grandeza, acciones ampulosas, y luego de un tiempo, con el progreso del mal, se presentan angustias, desesperos que desembocan en el desastre terminal.
La adulancia en extremo es síntoma y causa del deterioro grave de un gobierno. Es enemiga de la crítica y sin ella viene la ceguera la separación de la realidad. La adulancia poda la inteligencia alrededor del adulado, sólo se acepta el brillo reflejo del “jefe”, nadie que tenga luminosidad propia puede permanecer en las cercanías, la luz ajena estorba al adulado. Toda crítica es perseguida por la jauría aduladora.
El “jefe” no necesita partido que lo apoye, militantes de una causa, sólo precisa clientes, las organizaciones que lo apuntalan se transforman en asociaciones de consumo, unos capturan migajas, limosnas, otros se sacan premios mayores, todos tienen carnet de consumidores. Estas organizaciones acríticas son peligrosas, aprueban cualquier crueldad, la historia las registras como base de los gobiernos más perversos de la humanidad.
En estos días las manifestaciones de adulancia asombran. El ramonet, aquel que prometió un libro y se fue con la cabuya, apareció loando desde el zócalo, primero escribió los triunfos del Presidente, es su opinión, lisonjera, discutible, pero aún está en los límites de la decencia. Ahora bien, cuando se le va el cuento es a la hora de clasificar al Presidente, el baño de ceguera, de soberbia que vierte es peligroso. Pero el que se gana todos los galardones es el nuevo vicepresidente, su discurso inaugural es de antología, merece estar en el libro de Edecio La Riva, “Elogio a la adulancia”. Mal augurio tener un funcionario cercano con esa conducta, para complacer es capaz de cualquier locura.
La situación es tarea para el PSUV, sólo el partido puede corregir el rumbo al desastre que lleva el gobierno y del cual la adulancia es un síntoma definitorio, al que se unen las amenazas de represión, el miedo a la crítica que ya campea en el campo revolucionario, el silencio de los mejores, la evasión de los responsables, la justicia del gatillo alegre, las acusaciones al boleo, el extrañamiento de la realidad.
Es necesario, urgente, que el Partido se defienda y defienda al gobierno, retome su personalidad, su razón de ser de reserva moral, ejemplo, convoque, proponga, critique, fiscalice, no se deje sustituir por carnet raros, o meros sistemas de distribución.
Que buen remedio sería que el gobierno y el Partido formaran una Misión de Crítica a la Revolución, o quizá un Ministerio de la Crítica, sería inédito y muy útil, se iniciaría la sanación de la peste de la adulancia.
Sabemos que se corre el peligro que este escrito, que esta ¡crítica!, produzca una respuesta represiva… la enfermedad habrá avanzado.
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Acerca de juanmartorano

Abogado Revolucionario, comprometido con la Revolución Bolivariana y Socialista y Hugo Chávez.
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